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Capítulo VI. Nuevas formas sensibles
de hacer museología

El museo ya no es solo vitrinas ni paredes de cristal. En Caborca y Quitovac, se escucha otro ritmo: el de la tierra, de la memoria y de los cuerpos que caminan el desierto. Doraly Velasco, líder de la comunidad Tohono O’odham, recuerda sus trece años, cuando presenció los ritos fúnebres de la restitución de los ancestros. Ese recuerdo se volvió guía: un susurro que señala cómo los objetos no son solo patrimonio, sino partes de una vida que aún respira, que exige cuidado, respeto y decisión compartida.

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La estancia en Quitovac durante abril de 2025 abrió un mapa de experiencias sensibles: convivir con niñas y niños, aprender a tocar el barro y los tejidos, escuchar historias que flotan entre el mito y la memoria, recorrer sitios sagrados donde cada piedra guarda un nombre y un recuerdo. Se visitaron los espacios del Museo Comunitario, donde la vida cotidiana y los objetos se entrelazan, y la sala etnográfica de Caborca, donde la lengua O’tam de Matías Valenzuela Estevan resuena entre vitrinas y relatos, enseñando que los museos pueden ser puentes, no jaulas.

 

El registro etnográfico se hizo con silencios respetuosos: durante el verano, un dios vigilante impide hablar de ciertos saberes; la inseguridad del entorno dibuja límites invisibles, que la comunidad navega con prudencia. 

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Cada decisión fue colectiva: cuándo mostrar, qué decir, cómo acompañar los rituales, cómo cuidar los objetos, cómo permitir que la mirada externa sea también un acto de respeto y aprendizaje.

 

En Caborca, el museo se politiza: la participación indígena no es decorativa, sino decisiva; la toma de decisiones y la curaduría son un acto de restitución de la voz, de la memoria y de la agencia histórica. En Quitovac, la infancia se re-etniza: aprende a narrar su cultura, a vivir sus tradiciones, a asumir que su identidad es territorio y que su memoria es un río que no puede secarse.

 

Estas nuevas formas sensibles de museología muestran que los museos pueden ser cuerpos que respiran, donde los objetos no están encerrados, sino dialogan con las personas; donde las voces de los pueblos originarios laten, caminan y deciden su historia; donde el museo deja de ser un escaparate y se vuelve escenario de cuidado, memoria y resistencia.

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