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Capítulo V. La bestia arqueológica

En el México posrevolucionario, la arqueología se volvió un monstruo de mármol y papel, una bestia domesticada por decretos y vitrinas que celebraban la grandeza indígena del pasado mientras borraban la voz de quienes aún caminaban el desierto. Los museos erigían escaparates de reliquias: culturas convertidas en folclor, huesos convertidos en símbolos, vidas encapsuladas como si la historia terminara en piedra. La nación aplaudía su riqueza simbólica, mientras negaba autonomía, territorio y contemporaneidad a los descendientes de esos mismos pueblos.

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Pero la bestia tuvo que enfrentar su espejo. En 1992, los Tohono O’odham exigieron la restitución de los restos de sus ancestros: huesos, vasijas funerarias, restos de fauna sagrada que habían sido encerrados como patrimonio de la nación. Para los custodios institucionales eran objetos de museo; para la comunidad eran cuerpos de su propio cuerpo, inseparables del Him dag, palabra que contiene lengua, memoria, territorio y vida. Durante largos meses de litigio, la comunidad trazó tácticas precisas: reclamaron lo que era suyo, negociaron con firmeza y defendieron la continuidad de sus costumbres frente a archivos que los querían muertos en la memoria oficial.

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Cada restitución fue un acto de resistencia y afirmación: no devolver un objeto, sino afirmar que la memoria es viva, que los cuerpos no son vitrinas, que los pueblos originarios siguen caminando, creando y recordando. Entre mandatos comunitarios y voluntades individuales, entre ritos funerarios y políticas patrimoniales, se dibujó un paisaje de tensiones y aprendizajes. Los Tohono O’odham enseñaron que la memoria no habita en vitrinas ni en inventarios: vive en los pasos del desierto, en los ciclos de la vida y en la persistencia de quienes se rehúsan a convertirse en reliquia. Frente a la bestia arqueológica, su legado sigue respirando, indómito y presente.

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